El cáncer infantil es una enfermedad poco frecuente, se diagnostica a unos 1300 niños y adolescentes al año, estando la supervivencia en torno a un 80% . Comprende una serie de enfermedades que son distintas a las del adulto, con características propias, siendo las más frecuentes: 30% leucemia y linfomas, otro 30%, tumores cerebrales, en su mayoría
benignos, y el resto, neuroblastoma, tumores óseos, sarcoma, tumor de Wills, entre otros. En la Región de Murcia, desde 2008 a 2015, se han diagnosticado una media de 46 tumores al año en la población de 0 a 14 años, y de 65 tumores al año en la población de 0 a 19 años (datos recogidos del boletín epidemiológico de Región de Murcia).

Hay que señalar que se ha avanzado mucho en los últimos años debido a las nuevas técnicas de diagnóstico, a los tratamientos y a los ensayos clínicos pediátricos. Y el objetivo es, además de, curar a los niños, conseguir que se conviertan en adultos sanos con las menores secuelas posible, tanto físicas como emocionales.

El cáncer infantil afecta a toda la familia y es necesario proveer de una atención integral en todas las necesidades, tanto al niño, padres y hermanos, de ahí la importancia de una adecuada atención psicológica. Cuando un niño es diagnosticado de cáncer es un momento de choque y da comienzo un proceso de grandes estresores, se produce una ruptura de
todas las rutinas de la familia y hay que hacer una reestructuración. Puede ser una situación devastadora, se viven reacciones emocionales que van desde sentimientos de indefensión, impotencia, ansiedad, tristeza, culpa, rabia, miedo, desánimo,.. todas son distintas formas de reaccionar ante una dura y no deseada situación y todas son naturales.

La vivencia de la enfermedad depende de muchos factores, de la percepción del niño, de la personalidad, de las habilidades para afrontar los cambios, pero también va a depender del apoyo social y familiar, y de cómo los padres van adaptándose. Se recomienda no hacer demasiadas anticipaciones.

Es importante dar información al niño, explicar con sencillez y claridad qué pasa, que no se sienta engañado, estando atento a aquello que necesita saber y lo que no quiere conocer. Decir la verdad es vital para generar y conservar la confianza del hijo y así, conseguir una mejor colaboración. A la vez que se consigue ese clima de seguridad donde poder hablar de los miedos y las preocupaciones que el niño pueda tener. Cuanto más normalidad se puede proporcionar, más relajado se podrá estar, haciendo los mínimos cambios. Hay que mostrar mucho el afecto y el amor y dedicar tiempo, los pequeños suelen tener miedo a la separación de los padres y al dolor, hay que mantener los juegos y las aficiones, procurando no caer en la sobreprotección. El apoyo mutuo entre los padres y el mantenerse unidos es un buen ejemplo para toda la familia, estando atentos a los sentimientos y reacciones de los hermanos.

No podemos olvidar lo que supone un diagnostico de cáncer en un adolescente, inmerso en una montaña rusa emocional, incrementada por el impacto psicológico del cáncer, que no quiere ser tratado como un niño pero tampoco con la distancia de un adulto y que no quiere ser distinto de los demás. Hay que estar atentos a sus necesidades.

Vivir la experiencia de tener un hijo con cáncer es recorrer un camino muy difícil, se puede tener ayuda en amigos y familiares, pero también buscar el apoyo de quienes hayan pasado por lo mismo, en asociaciones de pacientes y en profesionales.